Los Millares, un poblado de la Edad del Cobre

Poblado de Los MillaresNo había prisa en aquella mañana de Diciembre. Después de todo, el objeto del viaje que los alumnos de la Universidad de Mayores de Roquetas de Mar iban a realizar llevaba esperando cinco mil años y bien podía hacerlo un poco más. Sin embargo la media hora de retraso en la llegada de los autocares a Aguadulce empezó a impacientar a quienes esperaban en el que debía ser el último punto de recogida.

Cuando, al poco, los dos vehículos hicieron su aparición pudo saberse que la tardanza se había debido al despiste de una alumna y a su espera en la parada equivocada.

Finalmente, con cada viajero en su asiento correspondiente, tal y como se había asignado por sorteo en días anteriores, los autocares emprendieron el camino de Almería por la carretera del Cañarete. Los relojes marcaban, aproximadamente, las nueve y veinte.

En poco más de media hora la expedición formada por alumnos, acompañantes y guías en un total de ochenta y tres personas, llegó a su destino: el Centro de Interpretación del Poblado de Los Millares, situado a la entrada del yacimiento.

Antes, durante el trayecto, los viajeros habíamos podido admirar parte de la bahía de Almería, con las jaulas de la piscifactoría y las barcas de pescadores alternándose bajo vuelo de gaviotas y un agradable sol otoñal; también pudimos contemplar más adelante, en el puerto de la ciudad, varios barcos de pasajeros aguardando en los muelles y aportando entidad a la marítima estación; ya en el valle del Andarax los cultivos tradicionales, en convivencia con los modernos invernaderos, habían completado la panorámica previa a la visita.

El Centro de Interpretación

La división en grupos fue obligada, exigida por el tamaño de las salas. Mientras un grupo comenzaba a atender a las primeras explicaciones de nuestro campechano guía, el profesor Díaz Cantón, otro rodeaba la maqueta del poblado, situada en una de las estancias, y escuchaba atentamente el relato del personal del centro. Entretanto, un tercer grupo asistía a la proyección de un vídeo que mostraba la evolución del fortín número 1, el más importante de los que protegieron el poblado.
En poco menos de una hora los visitantes ya habíamos cubierto las distintas etapas en el centro de interpretación y nos encontrábamos reagrupados en torno al guía. Mientras Antonio Andrés, que ese era su nombre, nos conducía hacia la llanura de la necrópolis, los alumnos intentábamos resumir lo recién aprendido de las charlas, el vídeo y los paneles:

Resumen Introductorio

Los Millares, considerado como el más importante de los yacimientos europeos de la Edad del Cobre, se sitúa sobre una meseta en forma de espolón entre el río Andarax y la rambla de Huéchar, en el municipio de Santa Fé de Mondújar en Almería. Su extensión es de unas 19 Ha, de las cuales la mayor parte, unas 13 Ha, corresponden a la necrópolis y las restantes al poblado.
El poblado, con una actividad desarrollada a lo largo de todas las fases de la Edad delPanel informativo Cobre (desde 3.200 a 1.800 a. C.), estuvo protegido por cuatro líneas de murallas y una decena de fortines avanzados, mientras que su necrópolis llegó a albergar cerca de cien tumbas colectivas. Se calcula que su población pudo alcanzar una cifra entre mil y mil quinientos habitantes.
Su descubrimiento se produjo en 1891 a raíz de la construcción del ferrocarril Almería-Linares. Al año siguiente el ingeniero y arqueólogo belga Luis Siret junto a su capataz Pedro Flores comenzaron las primeras excavaciones, centrándose principalmente en la necrópolis. En 1949, al celebrarse en Almería el I Congreso Nacional de Arqueología, se puso de manifiesto el deterioro y abandono del yacimiento, expoliado para obtener la piedra necesaria en la construcción de la contigua carretera. Esta situación motivó que se reemprendieran las excavaciones entre 1953 y 1956, siendo dirigidas por los profesores Martín Almagro y Antonio Arribas quienes continuaron los trabajos en la necrópolis e iniciaron los de la muralla exterior. Las investigaciones que desde 1978 ha realizado la Universidad de Granada, dirigidas por los profesores Arribas y Molina, han puesto de manifiesto la existencia del extraordinario sistema defensivo, destacando la muralla exterior con sus más de trescientos metros que la convertían en la más larga conocida de la Europa del Cobre.


La Necrópolis

Al parecer algo habíamos memorizado, eso nos proporcionaba una cierta confianza en que sacaríamos algún provecho de todo aquello que íbamos a ver u oír. Y así fue, ya que de otra manera no habríamos prestado atención a los numerosos montículos de tierra que fueron apareciendo ante nuestra vista y que no eran sino las tumbas colectivas de la necrópolis.
Situada fuera del poblado, la necrópolis o Ciudad de los Muertos, consta de alrededor de cien tumbas de diferentes tamaños y estructuras. En ellas se enterraban a los miembros de un mismo clan, y alguna llegó a albergar, a lo largo de los años, hasta ciento veinte individuos con algún grado de consanguinidad. Conocidas con el nombre de tholos, estas sepulturas disponen de un atrio donde celebrar ritos funerarios, un corredor con lajas de pizarra y nichos a los lados para enterramientos infantiles, y una cámara sepulcral colectiva de forma circular y cubierta de falsa cúpula, recubriéndose todo el conjunto con un túmulo de tierra y piedras.

Todo esto, explicado por nuestro guía y profesor, tuvimos ocasión de comprobarlo más tarde cuando, después de “atravesar” el primer recinto amurallado, llegamos a un tholo reconstruido donde pudimos observar su exterior e incluso acceder al interior.


Las Murallas

Barbacana de la MurallaDe momento, tras haber recorrido la necrópolis, nos encontrábamos delante de lo que fue la puerta principal de la muralla exterior, más exactamente junto al foso que la precede y frente a las barbacanas.
Hacía frío, un frío considerable, la mañana se había tornado desapacible y el sol, cubierto por las nubes, no conseguía confortarnos. Aún así, el interés por lo que Antonio (el profesor no tenía inconveniente en que utilizáramos para con él un trato familiar y de tuteo) comentaba acerca de la muralla, superaba las inclemencias del tiempo. Gracias a sus, claramente audibles, descripciones pudimos “ver”, más que imaginar, aquella fortificación que de tanta defensa debió servir a los habitantes del poblado. Con un grosor medio de dos metros, numerosos bastiones, barbacanas con pasillo central amurallado, altura de, aproximadamente, cuatro metros, y diversas saeteras, aquel sistema defensivo debió ser casi inexpugnable en su época.
El profesor continuó proporcionándonos detalles sobre la muralla. Una fortificación tan poderosa sólo podía explicarse por la proximidad de pueblos megalíticos y por el control del metal; la construcción se componía de dos hileras de grandes piedras con un relleno compuesto de cascajo y barro en el interior; en cuanto a la escasa altura, apenas un metro, que presentaban las aspilleras o saeteras, se piensa que disparaban de rodillas y con más intención de herir, afectando a las vísceras, que de matar directamente.
Mientras escuchábamos las explicaciones y observábamos los restos de aquellos muros, algo nos llamó la atención. ¿Qué era aquella hilera blanca que, introducida entre las piedras, recorría la muralla en sentido horizontal y que tanto destacaba? Ante la pregunta suscitada no se hizo esperar la amplia respuesta de nuestro guía:
Las hileras que se veían entre las piedras estaban formadas por trozos de mármol y se utilizaron durante los años ochenta del pasado siglo para delimitar los cortes de excavación; después, en la década de los noventa, se impuso la utilización de mallas para la misma función, lográndose un mayor disimulo; y ya en el siglo presente la tendencia es la de construir reproducciones lo más reales posibles partiendo de los datos obtenidos en las excavaciones.
Acabada la interesante información, Antonio permitió el paso hacia el interior del recinto amurallado de manera que, caminando entre los muros, pudiéramos observar más de cerca todo lo contado. Habíamos dejado la necrópolis para penetrar en lo que fue el poblado propiamente dicho. Entretanto el otro Antonio, nuestro coordinador, continuaba ejerciendo de cámara oficial de la visita y no perdía detalle merecedor de ser grabado; el paraje, los alumnos y el guía íbamos siendo absorbidos a intervalos por su cámara de vídeo.

El Tholo

Aunque las tumbas se situaban siempre extramuros, una de ellas quedó englobada en el mismo al construirse la última muralla; el primitivo tholo, a cuyo interior puede accederse, ha sido reconstruido para facilitar a los visitantes la comprensión de su distribución y dimensiones. Junto a la sepultura el profesor volvió a informar sobre las características de la misma, no sin dejar de percatarse de que algunas avezadas alumnas ya habían hecho su entrada en ella, y… no desaprovechó la oportunidad.
Mostrando su aspecto más bromista esperó a que salieran y, con actitud severa, les dio una ligera regañina por haber penetrado en la tumba sin su consentimiento. Entre risas, comentarios festivos y una insinuada promesa de no volverlo a hacer, las “rebeldes infractoras” fueron finalmente perdonadas. Tras la anécdota, los alumnos interesados, o no contentos con lo contado por sus pioneras compañeras, pudieron introducirse en el reconstruido tholo y satisfacer su curiosidad, ¡eso sí!, con el “permiso” de Antonio el profesor.


El poblado

Continuamos haciendo el recorrido por el yacimiento siempre en sentido contrario a como éste fue evolucionando. Así, a la par que Antonio nos ilustraba, pudimos contemplar los restos arqueológicos de las distintas construcciones que conformaron el poblado: murallas, viviendas, talleres, acequia, etc.

Cuatro son las murallas que fueron construyéndose a medida que el aumento de la población fue requiriéndolo, aunque, el levantamiento de una podía suponer el desmantelamiento parcial de la anterior y su aprovechamiento para la construcción de otras edificaciones. El poblado comenzó en la punta del espolón, junto a la confluencia de la rambla con el río y se extendió poco a poco hacia el oeste, hasta llegar a los límites de la necrópolis.

Las viviendas, cabañas circulares de cuatro a siete metros de diámetro, estuvieron construidas con zócalos de mampostería sobre los que se alzaban paredes de barro y cañizo. Las cubiertas, posiblemente cónicas, con un hueco central para la salida del humo, eran de ramaje revestido con barro y se apoyaban en pequeños postes de madera, ubicados en el interior. Cerámica doméstica, molinos de mano, puntas de flecha de sílex, piezas de telares, así como hogares de barro endurecido, son los restos hallados más característicos de estas viviendas.

Nada más pasar el que fue tercer recinto amurallado según nuestro orden de marcha, Profesor y alumnosAntonio nos detuvo junto a los restos de una construcción diferente en forma, tamaño y solidez a las demás. De planta rectangular de 8 x 6,5m la edificación correspondía a un taller metalúrgico, tal y como atestiguaron las abundantes huellas de trabajo en metales que fueron localizadas en su interior, y el anillo central de barro endurecido por el fuego que constituyó el horno. En una de las esquinas aparecía una estructura no muy definida de lajas de pizarra donde se han encontrado gran número de fragmentos de crisoles de cerámica con restos de cobre adheridos, lo que, junto a la masa de gotas del metal y escorias recogidas alrededor del horno, confirmaban la actividad metalúrgica del lugar.
Alguna información adicional partió también del profesor, como por ejemplo la temperatura necesaria para trabajar el cobre, alrededor de setecientos u ochocientos grados centígrados, o los minerales utilizados, tales como la azurita y la malaquita.

También hubo una acequia que, atravesando la necrópolis y el poblado, debió conducir el agua desde la altura donde hoy se sitúa Alhama hasta una gran balsa ubicada en el interior del último recinto amurallado.

La mañana se había mantenido con bastante frío, pero como si un premio fuera por haber sido aplicados, las nubes comenzaron a retirarse dando paso a un sol que convirtió el desapacible tiempo en otro bastante agradable. Pudimos entonces, más reconfortados, pasear por el yacimiento mientras observábamos o fotografiábamos todo aquello que nos rodeaba e interesaba, como el puente de los cinco ojos en la cercana carretera, o las vías del ferrocarril alejándose dirección este después de haber atravesado bajo tierra el prehistórico poblado.

La vida en el poblado


A la llamada de Antonio y su potente voz, los alumnos fuimos situándonos en torno a nuestro guía, dispuestos a escuchar la que sería última plática en grupo acerca de aspectos relacionados con el asentamiento. Desde la altura que, sobre el río Andarax, nos permitía disfrutar de la hermosa panorámica ofrecida por el cortijo La Calderona y los verdes cultivos de la vega, continuaba el aprendizaje sobre la vida del poblado y sus habitantes.

Hacia el sur, podíamos contemplar los restos de la ciudadela, con hasta siete niveles distintos de ocupación, lo que confirmaba que estábamos ante las primeras construcciones con las que esta ciudad inició su andadura, así como de los restos de las últimas viviendas construidas mil años más tarde, cuando la población decreció y se replegó de nuevo en este lugar.

Vega del Andarax desde el pobladoEn los Millares se desarrollaron importantes actividades agrícolas (trigo, cebada, legumbres…), ganaderas (ovejas, cabras, cerdos, bovinos…), de caza (ciervos, gamos, jabalíes…) y metalúrgicas, como se deduce de todos los vestigios hallados tanto en la necrópolis como en el poblado y del conocimiento que se tiene sobre el entorno natural en que se movieron los pobladores del lugar, muy diferente al observado actualmente.
La existencia por entonces de bosques de galería y los restos hallados de nutrias nos hablan de abundante cantidad de agua y de la posibilidad de que el río Andarax fuera navegable, lo que a su vez explica los hallazgos de objetos artesanales de marfil y cáscara de huevo de avestruz; la presencia de estos productos indica una relación comercial más o menos esporádica con África que debió llevarse a cabo por el río utilizando barcazas de poco calado. Nogales, alcornoques o acebuches formarían parte de una vegetación de tipo mediterráneo en la zona.
Respecto a las actividades artesanales, la textil queda documentada con la aparición de ciertas piezas de arcilla que han sido interpretadas como pesas de telar, la alfarería está sobradamente representada por numerosos fragmentos de cerámica principalmente de uso doméstico, y en cuanto a la cestería, las huellas de cestos en la base de muchos cacharros cerámicos hace pensar que fueron utilizados como moldes o soporte para hacer las vasijas. También se ha localizado, tanto en los ajuares de las tumbas como en el poblado, una elaborada artesanía doméstica destinada a ídolos realizados en soportes de piedra o hueso, incluso en arcilla.
En cuanto al modelo de sociedad puede decirse que se trataba de una sociedad estratificada o jerarquizada, sin clases. Los rangos se adquirían por la edad, el género, el parentesco o por cualidades personales adquiridas en vida (un guerrero, un artesano, un chamán…). Los grupos de parentesco o linajes pequeños constituían unidades integradas por varias familias nucleares que habitaban en cabañas; la unidad de este grupo de parientes se materializaba sobre los más ancianos que actuaban como representantes y cabeza del mismo. El culto a los antepasados daba cohesión al grupo de parentesco, de ahí la importancia que tuvieron los enterramientos colectivos donde cada linaje o clan enterraba a los suyos.
Nos encontrábamos ante unos primitivos modelos de protoestado y oligarquía.

Es verdad que, aunque casi toda la información referida fue proporcionada en aquel momento por el profesor, algunos datos se recordaban de los paneles del Centro de Interpretación, y otros pertenecían a respuestas dadas por él a las preguntas que los alumnos le fuimos planteando a lo largo del recorrido. En esa manera, y al margen de lo expuesto, algunos pudieron aprender ciertas curiosidades aportadas por Antonio sobre el cortijo La Calderona, el puerto de Pechina o el origen del Indalo; la extensión de estas historias o su falta de relación con la visita del yacimiento aconsejaron ser excluidas de este relato, si bien cualquier alumno podrá satisfacer fácilmente su interés dirigiéndose a nuestro dispuesto y solícito profesor.

La zona interpretativa

Debidamente instruidos en aquel improvisado mirador del Andarax no nos quedaba másReproducción del poblado que cubrir la etapa final, que no era otra que la zona interpretativa, una reproducción del poblado localizada al norte de la necrópolis. Tras un pequeño paseo nos encontramos deambulando entre aquel conjunto de edificaciones construido con el fin de facilitar la comprensión de lo que debió ser la vida en el poblado.
Casi juntos, un lienzo de muralla con dos torreones, dos tholos, un taller metalúrgico, un corral, dos cabañas, un pequeño horno y una huerta de pequeñas dimensiones, representaban lo que fueron las edificaciones y el aspecto primitivo del poblado. A la vista de ello cada alumno pudo hacer su autoevaluación, ¿era tal y como lo había imaginado?, ¿entendió bien las explicaciones del guía y profesor? Es casi seguro que todos nos dimos por aprobados, al fin y al cabo la imaginación había dispuesto de una ayuda inestimable con la maqueta y la proyección del video en el Centro de Interpretación.
Dando por supuesta la autorización de Antonio, procedimos a husmear los interiores de las distintas construcciones. No obstante, acordándose de la divertida “reprimenda” habida en la anterior visita a la tumba, algunos prefirieron pedir permiso a nuestro guía, por si acaso.
En el interior de los tholos, la veracidad aportada por los esqueletos diseminados por la cámara sepulcral provocaron algún que otro sobresalto a los visitantes. La muralla, aun cuando no se pudo subir a ella, nos dio buena idea de su gran condición defensiva. Los interiores del taller y de las cabañas, complementados con enseres, herramientas, utensilios, y diversos objetos, sirvieron para acercarnos aún más a las formas de vida del poblado. Finalmente, el pequeño huerto y los incipientes árboles plantados recientemente completaban lo que podríamos llamar maqueta del poblado a escala real.


El Fortín Número 1


El fortínLa mañana y la provechosa visita finalizaban en este punto, los autocares esperaban y algún que otro estómago ya comenzaba a presentir la hora de la comida.
¿Qué nos había quedado por ver? Además de los fortines diseminados por la rambla de Huéchar, demasiado distantes, habría sido interesante acercarnos al más completo y complejo de ellos, el fortín nº1; desafortunadamente las obras que en él se estaban realizando prohibían el acceso, por lo que debimos conformarnos con lo que la proyección previa al inicio de la visita nos había mostrado. No obstante, las magníficas animaciones virtuales del vídeo ya nos habían proporcionado una idea aproximada sobre las características de construcción de estos espacios defensivos y de la vida cotidiana de sus moradores.
Recordaríamos, por tanto, que el fortín nº 1 constaba de dos recintos amurallados concéntricos y de planta circular, teniendo el exterior un perímetro de unos treinta metros aproximadamente; que las murallas disponían de bastiones y troneras, lo que reforzaba el carácter protector de la fortificación; que, como consecuencia del levantamiento de la muralla exterior, la interior debió sufrir ciertas modificaciones, toda vez que su función de defensa había quedado ya relegada; que el conjunto estaba rodeado por un gran foso de seis metros de profundidad; y por último, que se habían constatado actividades de molienda y almacenamiento de cereales, lo que acreditaba la doble funcionalidad del fortín, la defensiva y la productora. Probablemente los alumnos muy aventajados recordarían más detalles, pero la mayoría nos quedamos conformes con los aquí descritos.

Comida, despedida y propuesta

Ahora sí, ahora dejábamos el yacimiento doblemente satisfechos. En primer lugar por la satisfacción de haber aprendido algo nuevo, aunque proviniera de muy antiguo, y en segundo lugar por el, cada vez más cercano, momento de yantar. Dos buenas razones.

El lugar elegido para acallar apetitos fue el restaurante Los Ángeles, en Gádor. El establecimiento, al parecer reformado no hace mucho tiempo, se le veía preparado para fiestas y celebraciones, a juzgar por la gran capacidad y la disposición de los distintos salones.

Distribuidos de manera aleatoria en las mesas del comedor interior, los alumnos de Roquetas pudimos disfrutar relajadamente de una buena comida y de un agradable ambiente, lo que favoreció que las charlas y conversaciones se prolongaran durante bastante tiempo en la sobremesa. Antonio, el coordinador y cámara de la expedición, pasaba por las mesas captando expresiones que incluir en su reportaje, mientras, los comensales utilizábamos nuestras tertulias para cruzar pareceres sobre la visita al poblado, o para relacionarnos mejor, ya que al ser alumnos de diferentes cursos no era de extrañar que algunos no nos conociéramos.

Pausadamente, pues había tiempo de sobra, fuimos dejando el restaurante camino de los autocares.

Antes de que las despedidas entre los compañeros de distintos autocares disgregaran el grupo, el profesor volvió a reiterarnos su oferta de servir de guía para una visita futura al Museo Arqueológico de Almería, bien organizada por nuestra dirección, o, también, por cualquier grupo de alumnos interesados.

Una proposición como esa no debería caer en saco roto, Antonio había demostrado ser un buen guía, un eficaz profesor y una agradable persona, ¿qué más podía pedirse para dar continuidad a todo lo que habíamos aprendido en esa magnífica aula natural que es el Poblado de los Millares? Sólo debería haber una respuesta… aceptar la propuesta.

 

Autor: Ángel Sánchez Ballesteros, alumno del programa de Mayores de Roquetas de Mar

 

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