Ágora

Nadie duda que contar tus problemas a alguien que realmente te aprecia y comprende, es un consuelo y hasta una necesidad. Esto abarca también, naturalmente, a los problemas de salud que son los que más nos inquietan a todos. Pero, hecha ésta salvedad, quiero referirme a un pesadísimo especimen bastante extendido, y que quizá sea más frecuente entre nosotras las mujeres. Se trata de esos conocidos / conocidas, que al encontrarte en cualquier parte, tras formularte la pregunta (totalmente testimonial) de : “¿Qué tal estáis?”, y antes de darte tiempo siquiera a responder, ya han comenzado la narración exhaustiva de todos sus males, grandes y pequeños, y que suelen ser de toda condición : dolores articulares en sus infinitas variantes, cólicos varios (los de vesícula dan muy buen juego), cefaleas, migrañas, mareos derivados de diferentes causas, malas digestiones, insomnios etc. A éstas alturas de monólogo (no me atrevo a llamarle conversación), tú ya has decidido evitar cualquier tipo de información de tus propios “alifafes” (en el optimista supuesto de poder meter baza) ya que tus dolencias siempre resultarían pobres en calidad y cantidad, frente a esa verdadera catarata de desajustes orgánicos de que hace gala tu interlocutor, y solo aspiras a una despedida digna, antes de que el capítulo de narración de males se extienda a sus parientes más cercanos. Lo curioso es que, recordemos, el asunto comenzó con la pregunta-trampa : “¿Qué tal estáis?”, cuya respuesta, por supuesto, al narrador de desastres varios le tiene absolutamente sin cuidado. Desconfiemos de esa pregunta aparentemente inocente, ya que en el mejor de los casos, aunque te permitan contestar previamente con el socorrido “:Vamos tirando”, corres el gran riesgo de qué inmediatamente, se pronuncie por parte del otro la sugerente y a la vez inquietante frase : “Si yo te contara . . .” , para después, inevitablemente, contártelo.

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, Jorge Sena ArgüellesLos mayores necesitaban una protección específica que hasta ahora no existía.”  El número de personas mayores de 65 años se ha duplicado en los últimos treinta años en España, alcanzando la cifra actual de seis millones y medio de personas que se encuentran hoy día por encima de esta edad. Asimismo, se ha producido lo que se denomina el “envejecimiento del envejecimiento”, es decir, que también han aumentado considerablemente las personas mayores de ochenta años. “Los mayores forman parte de lo que se conoce como colectivos vulnerables, junto con las mujeres y los niños”, explica Jorge Sena Argüelles, Fiscal Delegado para la Protección y Defensa de los Derechos de las Personas Mayores. Las características de la pirámide de población actual junto con esa vulnerabilidad del colectivo han propiciado la aparición “necesaria” de esta figura que, según señala el propio Fiscal, va unida a la aprobación de la Ley de Dependencia y los problemas generados en su aplicación.

Jorge Sena simultanea esta labor con la de Fiscal de Sala en el Tribunal Supremo, ya que los fiscales delegados surgen por la encomienda del Fiscal General del Estado de ciertas funciones ante la imposibilidad de cumplir con tantas competencias. Además del Fiscal de Mayores se encuentran en este grupo otros como el encargado de los delitos económicos, para la defensa de las víctimas o el de persecución de delitos informáticos. Su creación, por tanto, responde a una clara demanda social.

Pueblos y ciudades están de enhorabuena. Este año conmemoran su madurez, treinta abriles de democracia, un proceso sin el cual la transición política española no habría sido completa, pues supuso el acercamiento real del nuevo sistema a los ciudadanos. La imagen de nuestras plazas, barrios y municipios es bien distinta a la de aquel 1979, entonces el panorama se caracterizaba por la falta de servicios e infraestructuras. Tras treinta años de trabajo y esfuerzo permanente, hoy día el bienestar y la calidad de vida llega también a los pueblos.

Portada de El País del momento, tomada de la web de RTVEEste mes de abril se conmemoran en España los treinta años de las primeras elecciones municipales tras la dictadura franquista. Diputaciones y ayuntamientos de todo el país celebran la efeméride con diversos actos, entre los que se incluyen homenajes a alcaldes y personalidades que hicieron posible el paso de una política municipal dictatorial a otra democrática.

Fue justo el 3 de abril de 1979 cuando se celebraron estas primeras elecciones municipales. Los últimos comicios democráticos para elegir a concejales y alcaldes se remontaban al 12 de abril de 1931: la victoria en las grandes ciudades de los partidos republicanos trajo entonces consigo el exilio del rey Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República.

Cándida Villar durante una de sus colaboraciones en la radioCándida Villar se hizo muy popular al interpretarse a sí misma en una película biográfica, dirigida por Guillermo Fesser. Aunque los oyentes de Gomaespuma ya la conocían por las particulares críticas de cine que hacía en este programa de radio. Cándida ha tenido una vida cargada de adversidades, pero siempre supo hacerle frente con una sonrisa y su peculiar sentido del humor. Desde que era una niña, estuvo trabajando como ‘fregona’. Hace ya años que se retiró, ahora tiene 76. Aunque seguramente la jubilación le habría llegado mucho más tarde de no ser por Guillermo, su “hada madrina”, como ella lo define.

Después de tantos años en la radio, con Gomaespuma, ¿no siente que le falta algo ahora que el programa acabó?
La verdad es que lo echo mucho de menos, me acuerdo mucho. Me entretenía. Me iba al cine y luego a la emisora a contar la película y lo pasaba muy bien. Pero ahora aquí encerrá en casa, no te puedes figurar. Aunque... bueno, he hecho un libro de cocina colaborando con Mario, de Gomaespuma, que saldrá en mayo y ayer mismo me estuvieron haciendo los afotos y eso. Antes de salir de la emisora, íbamos escribiendo recetas que sé yo de mi pueblo, de Martos.

Echará en falta su pueblo...

Sí, y ellos también a mí. Les gustó mucho mí película. Antes no tenía familia y ahora tengo mucha. Tengo primos hermanos, hijos de primos hermanos... y tengo muchas ganas de ir por allí; en semana santa, si Dios quiere.

Desde que protagonizó la película se ha hecho usted muy popular, sin embargo no se le sube la fama a la cabeza...

Yo soy la Cándida. He estado toda mi vida de una casa a otra, fregando. Cuando estaba como fregona, la gente de mi barrio me conocía y me saludaba. También estuve fregando mi escalera lo menos dos años y algunas vecinas me hablaban y otras no, pero ahora cuando salgo a la calle todo el mundo me conoce: “está es Cándida, la de la película”. “Muchas gracias”. Todo el mundo...
Pero yo siempre he sido la Cándida y la fama no me ha subido nunca, nunca.

Siempre humilde y luchadora hasta el final, ¿es usted consciente de que supone un ejemplo para otras muchas mujeres?
Hacen falta manos unidas, como dice el refrán, para ayudar a esta gente con tantos problemas como yo he tenido, que se me han muerto dos hijos de la droga. Yo he tenido muchos problemas: mi marido, mi madre, mis hijos en la cárcel (los dos que se me murieron)... muchos, muchos. Pero gracias a Guillermo, a los de Gomaespuma, que son los que me han ayudado toda mi vida... son como si fueran una familia, mejor que mi familia; gracias a ellos, he podido levantar la cabeza porque siempre he estado de rodillas. Ellos me dijeron: “quítate ya de la fregona, de la bayeta y de la escoba; quítate de todo”. Eso es una ayuda muy grande para una persona mayor como yo, con 76 años que tengo.

Cádida VillarPor cierto, a Guillermo Fesser lo conoce desde que era un niño...
Cuando me vine a Madrid, yo tenía 20 años. Sólo tenía una hija, la que ahora tiene 54 años. Vine buscando trabajo. Así fue pasando el tiempo... mi hija ya era mayor y mi madre se fue con otra hija que tuve y entonces ya me quedé definitivamente aquí para trabajar. Iba a Cáritas Diocesanas a pedir un poquito de caridad para ir a ver a mis hijas que entonces se habían ido a Martos con mi madre y un día me preguntaron que si quería trabajar. Entonces me dieron la casa de Guillermo. Él tenía ocho años y era muy vergonzoso; muchas veces se escondía detrás de la cortina.
A esa casa yo iba dos o tres horas nada más porque tenían una criada fija. Después él se fue a Nueva York y mientras tanto yo seguía sin parar de trabajar. En una buhardilla cerca del pirulí que habían comprado ellos, en Galerías Preciados, en la Estación de Atocha, en la Estación del Norte... en fin, trabajando toda la vida. Después cuando volvió a Nueva York [tras estar un tiempo trabajando en España], me propuso que estuviera una temporada allí con él y escribió el libro. Desde entonces, he estado colaborando con ellos. Estuve en M80, después en Onda Cero...

Tuvo que viajar a Nueva York para ver el mar por primera vez...
Yo no había subido nunca en avión, ni había visto el mar ni nada. No había visto mas que el cubo de la fregona, como se dice en la película. Me dijeron: “Cándida, ¿te gustaría ir en avión?”. Y yo: “claro que sí”. Y aquello fue una ilusión tan grande; yo que no hablaba ni inglés ni nada... Me acuerdo que en el avión decía yo: “¡uy, cuánto humo!”, y me respondían: “Cándida, que son las nubes”. Lo pasé divinamente. Tengo muchas ganas de volver. Estoy en la ilusión de que me lleve otra vez.

¿Cómo es la forma de vida de los americanos? ¿Son muy distintos a nosotros?

Allí todas las comidas picaban muchísimo. Todo eran hamburguesas... todo picante, pero la madre de Sarah [la esposa de Guillermo Fesser] me hacía unas comidas buenísimas. Allí no comían nada más que ensaladas, hamburguesas con patatas fritas... eso es lo que comían. Un día hice una tortilla y fue visto y no visto; se la comieron como los lobos. Además los americanos no duermen casi nada, y beben más que yo qué sé. Están siempre bebiendo y trasnochando; se acuestan a las cuatro y a las tres de la mañana, siempre por ahí... ¡Y están de gordos...! No te puedes ni figurar, eh. Bueno... ¡están cebaos! Pero es que comen mucha carne de ciervo, que esa alimenta, eh.

¿Qué tal la experiencia como actriz?
Yo no quería hacer la película. Primero llamaron a Lina Morgan para que la hiciera y dijo que no, que ella hace teatro, pero no películas. Después llamaron a otra de un teatro. Estuvo aquí en mi casa, fuimos al hospital que estaba mi hijo ingresado... y luego resulta de que dijo que no. Que como es una vida real, que mejor que la hiciera yo. Después estuvieron tres o cuatro días detrás de mí: “Cándida, ¿por qué no haces la película?”. “Uy, que yo no. Toda la vida fregando, planchando...”. Me dijeron que hiciera la prueba, si valía bien y si no pues no ha pasado nada. Así que estuvimos cinco días en Arturo Soria, en una terraza, catorce horas diarias: desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana.
Cuando empezamos a grabar la película yo pesaba 80 kilos y al terminar, 61. Figúrese lo que perdí, porque eran catorce horas diarias. Primero dos meses estudiándomelo todo... y no me tenían que recordar casi nada, todo lo sabía. Luego cuatro meses haciéndola; cuatro meses aquí y dieciséis días en Nueva York.

Debió de ser muy cansao...

Cansaba muchísimo, pero lo pasé muy bien, eh. Tuve unos compañeros buenísimos, buenísimos. Y no me tenían que decir nada porque como era mi vida real, yo la sabía de memoria. Hay risas y hay lágrimas. Es una película preciosa, todo el mundo lo dice que está muy bien, muy bien. Yo no sé cómo no le han dado un premio.

¿Le gustaría volver a aparecer en una película?

Hombre, si me llaman, pues por qué no. Anoche mismo todo el mundo lo decía. Que qué bien trabajo, que a pesar de la edad que tengo, trabajo muy bien. Haciendo los afotos todo el mundo se partía de risa conmigo. No es porque sea graciosa ni nada de eso, es porque trabajo bien, eh. Yo nunca me había visto en una pantalla y sólo me lo tienen que decir una vez; a la de dos, ya no me lo dicen más. Porque todo me se queda en la cabeza, que tengo una memoria... y no compro ‘memoril’, no.

¿Cómo surgió la idea de que fuera usted crítica de cine en Gomaespuma?
Cuando ellos se fueron a M80, me llamó Guillermo un día y me preguntó que si me gustaría ir al cine para después contar las películas en la emisora. La primera vez que yo fui al cine con Guillermo vimos ‘La vaga y el vagabundo’. Entonces él vio que a mí me gustaba el cine y que se la conté muy bien. Después fuimos a ver otra película, Juan Luis [Cano], Guillermo y yo que se titulaba... bueno, una palabrota. Al salir del cine me dice Juan Luis: “Cándida, ¿Por qué no le cuentas la película a mi mujer?” Y yo le respondí: “¿por qué no se la cuentas tú? Que me da mucha vergüenza, es una película muy guarra”. Se titulaba Fóllame. ¡Que fíjate, eh, la misma palabra lo dice! Cuando es una película así, yo digo: “es muy guarra, muy guarra. Y terminan besándose y ya está”. Termino muy pronto. Otras veces son en inglés y yo no me entero, que yo en inglés ni red.

¿Qué es lo que más le gustaba de trabajar con ellos?
Ir al cine. Además yo por entonces no iba nunca. La primera vez fue cuando tenía 18 años. Vi La pasión del señor. Entonces estaba yo trabajando en Jaén, que fue cuando me salió el novio, el primer tropiezo que tuve, hijo. Después me vine a Madrid a trabajar y, como dice el refrán: “te casaste, te cagaste”. Siempre me gustó ir al cine; allí en Jaén iba con mi madre y con mi hermano Antonio a ver a Antonio Machín. Así que cuando me propusieron esto dije: “estupendamente”, porque me gustaba mucho más que fregar el suelo. De todas maneras yo seguía limpiando en las oficinas, en las casas..., luego me iba a ver a mis hijos, a atender a mi madre y a mi marido, que estaba enfermo. O sea que seguía luchando como siempre. Ha sido una vida muy dura la que he tenido, hijo del alma.

¿Y de dónde sacaba tanta fuerza?
Pues mira, muchas veces subo la escalera y hago como que me caigo y parece que me asujetan... Yo no sé... Tengo que tener un ángel de la guarda, porque tantas cosas como me han pasado en la vida... y sigo de pie todavía, con 76 años. No sé si es que Dios me da fuerzas o es que tengo mi destino aquí en la Tierra.
¿Qué pensó cuando Guillermo le propuso escribir un libro sobre su vida?
Algunos de mis hijos se enfadaron y otros no. Mi hijo mayor, por ejemplo, decía: “bueno, es su vida, si ella quiere contarla nadie tiene por qué decir nada”. Porque yo no he contado la vida de mis hijos, sino nada más que la mía porque es la que he pasado yo y la que me ha dado mi marido. Y a ellos no les tiene que importar nada. Yo con cuatro años me quedé sin padre y he estado siempre fregando escaleras, barriendo las puertas, haciendo mandaos... y sufriendo toda la vida.

¿Se sintió aliviada al contarlo?
Lo mismo que he hecho yo, debería hacer mucha gente. Porque hay muchas personas que lo han pasado igual, pero se lo callan y se lo sufren. Un día, en Onda Cero, vinieron muchas mujeres de la tercera edad y una me decía: “yo he pasado mucho más que la Cándida, que también con cuatro años me quedé sin familia, lo que pasa que me lo callo”. Pues no. Que lo cante, que lo diga y que escriba un libro. Pero claro, tienen que tener un hada madrina como yo he tenido. Guillermo es un ángel, es un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo. Como este señor no hay otro en el mundo. 

Una carta de amor, la página de un diario, una redacción de la escuela, documentos comerciales o simples notas de la economía doméstica familiar. Son fragmentos de lo cotidiano que conforman la historia de la gente sencilla, la historia común y la de todos. Con el objetivo de que estos pequeños retazos de memoria no caigan en el olvido, nacen la exposición y el libro “El tiempo es de papel. Las escrituras cotidianas en Almería”, propiciados por la Asociación de Amigos del Museo de Terque, en su afán por conservar y difundir los testimonios vitales de las gentes de la provincia.

 

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