Literario

La Caracola

En cuanto se levantó aquella mañana supo que acabaría sacando de su rincón la vieja caracola. El día había empezado con todos los ingredientes que hacían propicia su tristeza : Era una mañana lluviosa y gris de principios de invierno, había dormido mal, sus huesos la dolían más que de costumbre y los chicos llevaban muchos días sin venir a visitarles. Por eso apenas habló con su marido durante el desayuno, y cuando él se fue a llenar sus mañanas de jubilado con un paseo y alguna pequeña compra doméstica, hizo desganadamente las labores de la casa y se arregló después sin ningún interés. Estaba retrasando deliberadamente el recurrir a su particular talismán, pues era de la opinión de que los talismanes, como todas las cosas mágicas, debían reservarse solo para último recurso, pero en vista de que aquella especie de nube gris que la envolvía no daba muestras de disiparse por si misma, subió a su pequeño cuarto de costura. Abrió el armario y sacó la caja de madera que contenía la caracola que conservaba desde su niñez. La tomó con cuidado entre sus manos y la acarició suavemente con sus dedos, ya un poco deformados por la artrosis. Admiró, como hacía siempre, su bella forma y el suave y delicado tono rosa de su interior, que se iba haciendo más tenue a medida que se adentraba en sus misteriosos recovecos. Recordó aquel lejano tiempo en que su abuela Carmen se la había regalado, sacándola de su viejo baúl, y como con sus ojos muy abiertos escuchó aquella historia que la anciana le contaba, en la que se mezclaban las aventuras de un marinero qué, tras regalarle a su novia la caracola, emprendió una larga singladura de la que nunca volvió a aquel pueblo andaluz donde la muchacha le esperó muchos años, con la mágica y fantástica versión de qué, parte del mar estaba encerrada en las misteriosas entrañas de la caracola, y por eso cuando se la escuchaba se oía el lejano y sugerente sonido de sus aguas prisioneras. Versión qué, por cierto, ella creyó a pies juntillas La acercó a su oído con la lentitud de un ritual, cerró los ojos y el milagro volvió a suceder : Al compás de aquel sonido lejano, poco a poco las paredes de la pequeña habitación desaparecieron, dando paso al inmenso espacio de una playa, de aquella playa del Norte donde siempre había veraneado desde su infancia. El rumor del mar la invadió y le pareció sentir en su piel su fresca brisa y olfateó su olor peculiar é inconfundible. Se vio a sí misma joven y alegre, y a su lado su marido fuerte y sonriente, tal como era aquel verano en que se conocieron. Oyó su voz, aquella voz profunda y bien modulada que tanto la gustaba, diciéndola cosas que la hacían reír. Corrieron hacia el mar y nadaron sin esfuerzo entre aquellas olas de agua fresca y limpia. Después salieron juntos a la orilla, con la gozosa sensación de sentirse vivos y felices, y se tumbaron al sol que bañaba sus cuerpos jóvenes como una caricia de vida. Poco a poco, la escena se fue difuminando y volvió lentamente a la realidad. Cuando abrió los ojos, una sonrisa de dulce nostalgia entreabría sus labios, sintió aligerado su corazón de la desganada tristeza de antes é incluso hubiera jurado que sus pobres huesos le dolían menos. Miró con agradecimiento a la caracola, volvió a depositarla con amoroso cuidado en su caja y cerró el armario. Cuando bajaba por las escaleras oyó abrirse la puerta de la calle, y escuchó el familiar carraspeo de su marido que volvía de su paseo. Se acercó a él sonriendo, y mientras acariciaba su, ya escaso, cabello gris, le abrazó con ternura, y cerrando los ojos se sintió de nuevo feliz. El talismán que solo ella conocía había vuelto a funcionar. Maribel Egido Carrasco

Las Pequeñas Felicidades

Por mucho que procuremos olvidarlo, (consiguiéndolo por fortuna casi siempre), todos los humanos conocemos la gran fragilidad en que nuestra existencia física está sustentada. Sabemos que nuestro azar vital a veces depende de poca cosa : de un tonto accidente de carretera, de una celulita que se nos vuelve loca, ó de que nuestro corazón se canse de funcionar. Viene éste, un tanto dramático preámbulo, a que en muchas ocasiones me hago la reflexión de qué, sabiendo todos cual son las reglas del juego, tenemos la tendencia a preocuparnos excesivamente de lo que llamamos “porvenir”, (en el que no nos consta que vayamos a estar), descuidando a veces el presente que tenemos entre las manos. Dios me libre de criticar la razonable planificación de nuestra vida futura. No es eso. Me refiero más bien al disfrute y aprecio de todo cuanto constituye nuestro “ahora”, que a veces vivimos con un toque de provisionalidad, de “dejar pasar”, sin paladear los indudables momentos gratos que la vida cotidiana tiene, sin darlos importancia y sin pararnos a pensar que son irrepetibles y valiosos. El espléndido poeta Jaime Gil de Biedma, en uno de sus mejores poemas, se refiere de alguna manera a ésta circunstancia, cuando dice : “Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde”. En efecto, la vida va en serio desde el primer minuto, no hay ensayos generales, por eso no hay que dejar pasar, sin apreciarlo, ningún momento grato, por muy cotidianos que nos parezcan los sencillos actos que nos rodean : una grata charla, un tranquilo paseo, un buen libro, una bella música, una caricia de alguien que nos quiere, una mirada de amable complicidad, algo que nos hace reír, un paisaje que nos ensancha el alma. Cientos de mínimas cosas que nos calientan el corazón y que constituyen pequeñas dosis de felicidad que no debemos desaprovechar. Ser “razonablemente” felices no consiste casi nunca en vivir grandes acontecimientos, ni en vivir en un “estado de gracia” permanente, sino en disfrutar de las pequeñas satisfacciones que tenemos a nuestro alcance. Fuera hace frío, pero la habitación donde escribo es cálida y agradable, se oye una suave música de fondo. Un rayo de tímido sol invernal entra por la ventana iluminando la fotografía de alguien muy querido para mí y que bajo su dorada luz parece sonreírme de forma especial. Oigo el familiar carraspeo de mi marido en otra habitación de la casa y mi pequeña gatita duerme tranquila a mi lado. Estoy a gusto. Creo que disfruto de un momento de “pequeña felicidad” MARIBEL EGIDO CARRASCO

A M O R D E O C T U B R E

Cuando ya andaba Octubre mi vid enrojeciendo, los soles del otoño entre mis pinos viejos, y enlodados mis ríos de tormentas revueltos, llegaste tú a mi vida, a encenderla de nuevo. Y aunque no te esperaba te recibí dispuesto, como si allá en mi alma supiera, sin saberlo que algún día vendrías hasta mí, sin quererlo. Y de pronto fue todo como un nuevo comienzo, el amor puso estrellas en mi cielo desierto, sonaron mil campanas en mi corazón viejo, como si fuera joven, como si fuera nuevo. Hermosas melodías a mi boca acudieron, Y cantaron felices, sin sonar, en silencio, Y mis ojos brillaron y se ensanchó mi pecho. Mi tiempo de repente se volvió primavera, el aire tibio tuvo olor de flores nuevas y gorjeo de pájaros y suavidad de seda y pareció que el viento albricias me trajera Todo ello es así, amor, porque hasta mí llegaste y con tu aliento cálido mi corazón llenaste de soles, de campanas, de pájaros y flores . . . Quédate amor conmigo, quédate, no te marches, méceme dulcemente en tus brazos de aire, pues solo con tu abrigo cuando el día anochece, mi vida, nuestra vida, ser vivida merece. Octubre de mi vida, primavera en invierno, que llenó de esplendores mi corazón desierto. MARIBEL EGIDO

EN ÉSTA NOCHE

Y tú ahí, siempre ahí, protegiendo mis sueños un día y otro, dándome mil razones de sonrisa, haciendo que mi vida sea hermosa, que merezca la pena ser vivida, haciendo que, tan solo por mirarte, el cielo sea azul y el sol caliente. Que los amaneceres sean siempre una esperanza, y que la noche no sea algo inhóspito y triste, sino un reducto para la ternura . Tú ahí, siempre ahí, como un muro protector contra la soledad y el miedo, como algo fuerte y cálido donde abrazarse, como algo amado, conocido é indispensable. Por eso quiero hacerte un poema en ésta noche que te siento a mi lado mientras duermes y el calor de tu cuerpo me acompaña. porque tu, amor, siempre estás ahí como un inmerecido regalo y no sé, . . . no sé como darte las gracias.

A JUANA

Juana era como un reloj de sol que solo marca las horas de luz. La conocí en un lugar muy especial y poco favorable para la alegría: la consulta de radioterapia de un gran hospital. Mi historia había comenzado apenas un par de meses antes, cuando tras unas pruebas supe que aquellas pequeñas hemorragias que yo atribuía a desarreglos de mis 48 años, se debían en realidad a un tumor uterino. Cuando vuelvo la vista atrás recuerdo aquel 9 de Noviembre de 1992, en que conocí el alcance de lo que me ocurría, como si se tratara del guión de una película: El otoño había llegado de repente, bruscamente, una mañana el aire tibio se convirtió en un viento desapacible que arrancaba las hojas de los árboles que aún se resistían a caer. Desde el otro lado del cristal de la amplia ventana, yo observaba distraídamente como las ramas se agitaban con fuerza, con un sonido que desde allí no podía oír, y como los pajarillos saltaban y se perseguían sobre el césped bien cuidado de los jardines del hospital. La verdad es qué, sorprendentemente, no sentía nada especial, era una extraña sensación de distanciamiento como si la historia no fuera conmigo, algo así como cuando riegas un tiesto muy seco, al principio el agua resbala y no llega a calar en la tierra. Poco a poco la noticia que acababan de darme fue tomando cuerpo en mi cerebro: Tenía cáncer, los análisis que habían recibido los ginecólogos lo habían confirmado sin lugar a dudas. Y allí estaba yo, sola, mirando por la ventana, consciente de forma intelectual de la gravedad del asunto, pero sin sentir ni miedo, ni histeria, ni nada de lo que siempre suponemos que hay que sentir cuando ese terrible diagnóstico aparece. Recordé el mal rato que había pasado la doctora al comunicármelo, evitando incluso pronunciar la palabra “Cáncer”, interiormente le agradecí su buena intención, mientras, estúpidamente mi atención se fijaba en sus grandes pendientes de madera que se movían al compás de sus gestos. Tanto ella como la enfermera que la acompañaba me miraban de una forma especial, una mirada mezcla de conmiseración, afecto y algo de miedo ante una posible reacción mía descontrolada (supongo que en su trabajo se habrán encontrado reacciones de todo tipo), cuando vieron que mi actitud era serena, noté claramente como se relajaban y me alegré por mí y por ellas de que las cosas fueran de ese modo Me explicaron largamente, con toda claridad y sin ninguna prisa (después supe que su turno había acabado hacía ya un buen rato y se habían quedado expresamente por mí), cual era mi situación médica, las terapias a aplicar y todo lo que consideraron necesario que yo conociera y que después me fue muy útil a lo largo del tratamiento de mi enfermedad. Salí del despacho con la cabeza llena de datos que había que ordenar. Ahora me quedaba un paso delicado y difícil había que decírselo a mi familia, pero eso ya es otra historia. La intervención quirúrgica y la recuperación posterior transcurrieron sin complicaciones, aunque de forma inevitable sobre mí planeaba la inquietante incógnita que plantea siempre ésta enfermedad: ¿se reproducirá?, preguntas a las que solo puede responder el tiempo. Los médicos decidieron completar el tratamiento aplicándome 30 sesiones de radioterapia, y ahí comenzó mi relación con Juana. Las dos esperábamos nuestro turno para aplicarnos la sesión diaria de radiación como terapia contra nuestros respectivos problemas, que en el caso de Juana era un tumor mamario. Para quien no haya tenido la dura experiencia de visitar éstas zonas de los grandes centros hospitalarios, hay que explicar que se trata de sitios básicamente tristes. Se encuentran siempre por sus especiales características en los sótanos del edificio, y hasta la sala de espera, siempre iluminada con luz artificial, está envuelta en un ambiente agobiante, al que no es ajeno las expresiones a menudo angustiadas y temerosas de los pacientes. Cada uno con su problema a cuestas, no son lugares donde se hable demasiado. Yo llevaba cuatro de mis sesiones cuando apareció Juana; era una mujer de mediana edad y complexión fuerte, aunque muy demacrada y con la cabeza prácticamente sin pelo. Se sentó a mi lado y tras un saludo acompañado de una sonrisa, me preguntó que de donde era. Había algo en su mirada que invitaba a la cordialidad y entablamos conversación que terminó cuando las enfermeras me llamaron para conducirme a la zona de radiación. En los días siguientes fui poco a poco conociéndola más; venía de un pueblo de Toledo y, a pesar de que la combinación entre la quimioterapia y las radiaciones la mantenían en una situación física bastante precaria, su ánimo era alegre y positivo, y su compañía era para mí una verdadera terapia de optimismo. Algunos días en que el tiempo era bueno y acabábamos pronto, salíamos al exterior y nos sentábamos en el pequeño jardincillo que rodeaba el hospital, mientras llegaban nuestros respectivos medios de locomoción para volver a nuestras casas. Conocí datos de su vida y supe que era casada y que sus hijos, ya mayores, habían encontrado en Barcelona y Bilbao su trabajo. Me habló de que al descubrir su enfermedad, se propuso enfrentarse a ella, no dejarse vencer moralmente ni por el temor ni por el sufrimiento, y que ese ánimo había conseguido transmitírselo a su familia, en especial a su marido, que como ella decía – acompañando sus palabras por una sonrisa de ternura -, era un poco “agonías”. Según iba conociéndola más, me iba ganando su extraordinaria personalidad. Irradiaba tal serenidad y equilibrio, que aún en aquella situación difícil, parecía tenerlo todo bajo control. Una de las tardes en que yo me encontraba algo baja de ánimo, mientras charlábamos en el exterior bajo unos tímidos rayos de sol invernal, notando mi decaimiento, tomándome las manos me dijo :”No te dejes abatir, mira ese rayo de sol, solo por sentir su caricia en la piel ya merece la pena la vida, la alegría de sentirse vivo tiene que estar por encima de todo, mírame a mí – me dijo sonriendo -, sin pelo, mutilada, ¡pero viva!. Nunca sabrá cuanto me ayudó aquel día y otros muchos. He conocido gente interesante y con muchos valores, pero pocos se pueden comparar a aquella mujer sencilla, pero que poseía la fuerza más grande de todas: La de sentir el placer de vivir por encima de cualquier situación. Seguimos en contacto y supe de su recaída. Fui a visitarla y tuve que hacer un terrible esfuerzo para disimular la impresión que me causó su aspecto. La cruel enfermedad había hecho estragos en ella, pero cuando me acerqué me saludó con alegría y me apretó la mano con un vigor insospechado, y entonces supe qué, a pesar de todo, Juana seguía siendo el espléndido ser humano lleno de fuerza interior que yo había conocido, que no estaba vencida. Fue dura su lucha y a veces temí que no pudiera superarlo, pero pudo, y hoy, después de casi cinco años de su última operación, ya recuperada, y con el maravilloso regalo de dos nietos, sigue haciendo feliz a su familia y a todos cuantos tienen la suerte de tratarla. El mundo es mejor porque hay gente como Juana, ¡Dios la bendiga! . MARIBEL EGIDO CARRASCO

SI YO TE CONTARA

Nadie duda que contar tus problemas a alguien que realmente te aprecia y comprende, es un consuelo y hasta una necesidad. Esto abarca también, naturalmente, a los problemas de salud que son los que más nos inquietan a todos. Pero, hecha ésta salvedad, quiero referirme a un pesadísimo especimen bastante extendido, y que quizá sea más frecuente entre nosotras las mujeres. Se trata de esos conocidos / conocidas, que al encontrarte en cualquier parte, tras formularte la pregunta (totalmente testimonial) de : “¿Qué tal estáis?”, y antes de darte tiempo siquiera a responder, ya han comenzado la narración exhaustiva de todos sus males, grandes y pequeños, y que suelen ser de toda condición : dolores articulares en sus infinitas variantes, cólicos varios (los de vesícula dan muy buen juego), cefaleas, migrañas, mareos derivados de diferentes causas, malas digestiones, insomnios etc. A éstas alturas de monólogo (no me atrevo a llamarle conversación), tú ya has decidido evitar cualquier tipo de información de tus propios “alifafes” (en el optimista supuesto de poder meter baza) ya que tus dolencias siempre resultarían pobres en calidad y cantidad, frente a esa verdadera catarata de desajustes orgánicos de que hace gala tu interlocutor, y solo aspiras a una despedida digna, antes de que el capítulo de narración de males se extienda a sus parientes más cercanos. Lo curioso es que, recordemos, el asunto comenzó con la pregunta-trampa : “¿Qué tal estáis?”, cuya respuesta, por supuesto, al narrador de desastres varios le tiene absolutamente sin cuidado. Desconfiemos de esa pregunta aparentemente inocente, ya que en el mejor de los casos, aunque te permitan contestar previamente con el socorrido “:Vamos tirando”, corres el gran riesgo de qué inmediatamente, se pronuncie por parte del otro la sugerente y a la vez inquietante frase : “Si yo te contara . . .” , para después, inevitablemente, contártelo.

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