"Hay gente que se muere porque quiere".
A Ramón García Zapata no le falta energía para ayudar a los demás. A sus 82 años de edad es el voluntario más veterano de Almería. Hace 16 años que empezó a prestar su colaboración en un club de mayores y desde entonces no ha parado. Actualmente, desarrolla su labor en el centro de día de Cruz Roja, donde organiza actividades y talleres para otras personas de la tercera edad. Gran amante de las corridas de toros y de las películas de John Wayne, este almeriense de carácter abierto y alegre dedicó más de media vida a la panadería. Pero esta no ha sido su única profesión: albañil (trabajo que compaginó con el de panadero), dependiente en una ferretería, o hasta carpintero en el film Lawrence de Arabia fueron algunas de sus otras ocupaciones. Aprendió a leer y a escribir de forma autodidacta, ya que tuvo que interrumpir sus estudios en la escuela. Su constante vitalidad y optimismo son su seña de identidad. Cualidades que le sirvieron para recuperarse de una trombosis cerebral en sólo dos mesess
Justo al llegar a la puerta de su domicilio en la Colonia Los Ángeles, Ramón baja a recibirme. ¿Es usted? – me pregunta señalándome con el dedo mientras esboza una sonrisa. Estrechamos la mano y me lleva a un moderno café cercano a su casa. Vamos charlando y en seguida percibo su carácter extrovertido y su calidez.
Con 12 años empecé de panadero. Me daban una peseta y una libreta de medio kilo de pan para llevarlo a mi casa; eso es lo que ganaba. Estaba toda la noche en la panadería y pasaba mucho sueño. Así que cuando veía el momento me escabullía y me acostaba en cualquier rincón. Después llegaba el oficial, me encontraba tumbado, me daba una patada y me gritaba “¡niño!”. Y yo me levantaba llorando. Así seguí trabajando más de cuatro décadas hasta que un día me dio una trombosis cerebral. Me mandaron a Granada y en dos meses me dieron el alta. Tras la trombosis, perdí la movilidad de la parte izquierda y no podía hablar bien. Pero en mes y medio ya estaba levantando a otros pacientes, amigos míos, para pasearlos; y el médico, Miguel, me decía: “Ramón, te vas a tener que venir aquí de celador con nosotros”. Al volver de Granada, la panadería estaba muy cambiada: habían instalados máquinas muy modernas. En seguida empecé a sospechar que allí iba a pasar algo. “Esto me huele a humo”, le comentaba al oficial. Y efectivamente: al poco tiempo, el dueño nos despidió a los dos. Así que me fui al paro, y pronto encontré trabajo como conductor en la ferretería de un pariente mío. Entre dos personas, subíamos lavadoras y frigoríficos a cuartos y quintos pisos sin ascensor. Allí estuve trabajando casi 30 años, hasta que me jubilé con 72.
¿Cómo empezó en el mundo del voluntariado?
Soy voluntario de Cruz Roja desde el año 91. Había un centro de la tercera edad cerca de la calle Las Tiendas. Mi primo era el presidente del centro y todos los que estábamos allí empezamos a colaborar con Cruz Roja. Entonces todavía trabajaba en la ferretería y en mis ratos libres acudía al centro. Tras jubilarme estuve un año o dos sin ir: me dediqué a pasear, ir a la playa… Debo de llevar cinco o seis años colaborando exclusivamente con Cruz Roja y ya me han hecho homenajes por ser el voluntario de mayor edad.
¿Qué siente al ser el voluntario más veterano de nuestra provincia?
Una ilusión grandísima porque es algo que llevo dentro. Antes de ser voluntario, cuando era más joven, y he visto a cualquier mayor en apuros en la calle, en seguida me he tirado hacia él para ayudarle. Nadie ha tenido que decirme nada, simplemente actúo por ese impulso que me mueve. Estando en Cruz Roja he colaborado con todo lo que se me ha pedido: he vendido lotería, he cargado camiones de alimentos en el puerto… lo que haga falta.
¿Qué funciones desempeña en el centro de día de Cruz Roja?
Hago juegos para los mayores con Alzheimer, por ejemplo. Uno de los juegos consiste en juntar dos piezas que tienen el mismo dibujo. A veces pasa mucho tiempo hasta que consiguen encajar las dos piezas, pero se trata de que fijen la vista en algo. También imparto ejercicios de gerontogimnasia; dependiendo de sus condiciones físicas, quien puede la hace de pie y quien no, sentado. No es una gimnasia brusca: se trata de levantar los brazos, hacer movimientos de hombros, de cadera, etc. Además allí los mayores pintan y hacen manualidades.
¿Se hacen muchas amistades allí?
Por supuesto, muchísimas. He hecho muchos amigos de la Asamblea de Cruz Roja. Además los usuarios y sus familiares te tratan con mucho cariño.
Debe de ser usted una persona muy apreciada en el Centro…
La verdad es que sí. Modestia aparte, la gente me aprecia porque yo no hago mal a nadie. Sé tratar con la gente y eso es lo principal con la edad que tengo. Y no he tenido escuela ninguna. La escuela de la vida es la que me ha enseñado. Yo no sabía leer y escribir y ahora tengo una caligrafía fenomenal. Aprendí por mi cuenta. Cuando estaba en la ferretería, que ya sabía lo básico, y tenía que hacer algún albarán iba a la oficina y le preguntaba a mi compañero “Pepe, ¿esto se escribe con ‘b’ o con ‘v’?”. Y así fui aprendiendo.
¿Y para las cuentas fue igual?
¡Uy, que va! A mí no se me escapan las cuentas. A mí nunca me ha engañado nadie. En eso me he enseñado yo a base de bien. A base de hacer muchos cálculos
Hay personas que, tras la jubilación, no saben cómo llenar su tiempo libre. ¿Qué les diría?
Fuimos a cuatro centros de la tercera edad a dar charlas para intentar captar voluntarios. Les expliqué a los residentes que se está muy a gusto en la residencia, sin tener que estar pendiente más que de la partida de dominó, pero que, mientras tanto, hay personas que necesitan de su ayuda. Muchos me respondieron que sí, que irían al centro de Cruz Roja, pero luego no fue así. De todos ellos, sólo fueron dos que no sé si aún siguen yendo. Hay gente que se muere porque quiere: harta de estar sentada y de dedicarse sólo a comer y a dormir.
Eso de estar todo el día sentado es algo que no va con usted…
Yo, todas las mañanas, antes de salir de casa, hago unas tablas de gimnasia con unas pesas que tengo. Hago ejercicios para los hombros y las cervicales [mientras lo explica, gesticula simulando los movimientos] o para prevenir el lumbago por ejemplo. También ando mucho.
Aparte de practicar ejercicio, ¿Es usted aficionado a algún deporte, como el fútbol, por ejemplo?
Sí, al cien por cien. Soy del Real Madrid y del Almería. Esta temporada iré a ver algún partido, pero no me haré abonado porque hay mucha violencia en los campos. Mucha más que antes.
¿Ha practicado fútbol?
Sí, mucho; cuando era joven. Jugaba de delantero, de defensa…: de lo que hiciera falta. Hacíamos nosotros los equipos en el barrio. Por ejemplo: la calle Regocijos contra la calle Arriaza o la calle Cádiz. Jugábamos en un campo de arena que había en Regocijos. Allí hubo buenos partidos de fútbol. Hasta Zamora, el mejor portero del mundo, vino a jugar al campillo ese.
¿De dónde le viene su afición por Los Toros?
Mi padre y mi tío eran muy aficionados. Cuando yo tenía siete años, me empezaron a llevar a ver alguna corrida, lo que hacía que me ilusionara más. Y cuando estaba ya en la panadería, con 12 años, y había corrida de toros en Almería, le decía al oficial que me hiciera un bollo de pan y yo me hacía un bocadillo de sobrasada o de lo que pillara para ir a ver los toros. ¿Y sabes lo que hacía? Cuando empezaba el desencajonamiento de los toros y los metían en los corrales, yo y otros niños, aprovechábamos para escondernos donde podíamos hasta las cuatro y media de la tarde que empezaba la corrida, para poder ver los toros de balde [ríe]. Nos escondíamos debajo de muebles viejos o donde fuera. A veces, pasaba el revisor y gritaba para asustarnos, pero allí no salía nadie. Y cuando oíamos la música, bajábamos por una ventana que tenía un cristal roto hasta el patio donde estaban los toreros y por allí nos colábamos.
¿Conoció de cerca la época dorada del cine en Almería?
Hombre, claro. Incluso trabajé para la película Lawrence de Arabia. Estuve en la carpintería haciendo sables y puñales de madera y las monturas para los camellos durante todo el rodaje. El cine dio trabajo a mucha gente en Almería.
Cambiando radicalmente de tema, ¿Conoce usted el tan buscado secreto de la felicidad?
Pues… [ríe]. Yo creo que el secreto de la felicidad no lo sabe ni el que lo tiene [continua riendo]. El asunto ese de la felicidad yo lo encuentro en la persona con la que vivo: si ella se porta bien conmigo y yo me porto bien con ella, esa es la felicidad más grande que hay. No te puedo decir otra cosa.
¿Qué consejo daría a otros mayores para luchar contra el desánimo y la dejadez?
Que no se abandonen. No deben quedarse todo el día en casa ‘plasmaos’, sin mover un dedo. Hay que leer y tener mucha actividad; andar, y pensar en cosas buenas. El no hacer nada te puede acarrear una depresión y te quedas inútil totalmente. Por eso yo digo que a mí tendría que pasarme algo muy, muy malo para caer en una depresión. Porque yo a veces salgo de casa un poco molesto con algo y en seguida ya estoy silbando y cantando. ¿Qué te parece?
Me parece que ha sido muy interesante charlar con usted…
Pues vámonos. A ver si pillamos el autobús que tengo que recoger a mi mujer.
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